La tormenta

No me gusta la playa, la verdad que nunca me ha gustado la arena, la sal, la gente, el calor insufrible. Pero es de noche y no hay nadie. Hace fresco llegando a frío pese a ser verano. Noto en el aire la fuerza del océano. Yo siempre he vivido al lado de un mar y esto no lo he vivido. No sabía que igual pudiera gustarme la playa.
La luna es inexistente. Quedaría muy bien escribir “la luna iluminaba nuestros pasos” pero la verdad es que la luna no estaba por ningún lado y no veíamos prácticamente nada. Las farolas a lo lejos proporcionan algo de luz, pero no mucha. Menos mal que nos gusta la luz tenue y no necesitamos más.
Estamos yendo hacia una parte de la playa que es básicamente privada y en la cual parece ser que dejaste todo preparado para hacer una hoguera. San Juan fue hace una semana, pero yo no estaba y me has dicho que quieres celebrarlo conmigo, mostrarme esta tradición de disfrutar del fuego hasta el amanecer.
Esta noche hay tormenta. No he conocido este tipo de tormenta, que solo tienen nubes, relámpagos a lo lejos en el mar y viento desenfrenado. Será otra particularidad del océano. Parece ser una de esas tormentas que provocan que te alcance la mañana sin darte cuenta, que provocan cambios irreversibles.
Los momentos que comparto contigo son escasos. Odio que nuestros corazones estén lejos. Por eso cuando estamos juntos vivo cada instante como si fuera el último. Al fin y al cabo, puede serlo. Es mucho peso tener múltiples comunidades entre nosotros. Es agobiante pensar en lo que nos separa. Hay días que incluso me cuesta respirar, que echarte de menos provoca un dolor indescriptible.
¿Qué palabras son las que intento decirte? “¿Sabes que te quiero?” No sé si sientes lo que yo. Me inclino a decir sí; por tus gestos, palabras, miradas y sonrisas. Pero yo puedo imaginar todo lo que quiera, no significa que sea verdad. Pese a tener claro que me he enamorado de ti, me cuesta admitirlo.
Mi mente nada en estos pensamientos mientras tú preparas la hoguera. El fuego siempre me ha resultado hipnótico, pero de momento lo que me tiene distraída es tu cuerpo junto con todos los recuerdos que danzan, claros e inconfundibles, provocando sonrisas imprevistas y miradas perdidas en la inmensidad del mar.
“¿Estás bien?” me preguntas. Tus ojos denotan preocupación, ya me has visto perderme en mis recuerdos y sabes que puede ser peligroso. Puedo estar sonriendo y diez segundos más tarde estar triste. “Sí, perdona” te contesto con una sonrisa sincera. “Me volví a ir lejos” añado. “Déjame traerte de vuelta” contestas plantándome uno de tus besos que me dejan absorta.
Vuelves al fuego, que no estaba del todo listo y esta vez intento no pensar. Cierro los ojos, me concentro en el ruido de la tormenta, en las olas que imagino cada vez más grandes, el viento cada vez azotando más fuerte. Focalizo mi atención en el olor de la humedad en el aire, en la sal llevada por la brisa, en la leña consumiéndose.
Te sientas a mi lado. “¿Te volviste a ir?” me preguntas, acariciando mi mejilla. “No, estoy aquí”. Me besas de nuevo, con una ternura que me deshace.
Me empiezas a contar las diferentes leyendas, mitos y tradiciones de las hogueras. No son pocas. Te escucho distraídamente, mirando la hoguera. Noto que de vez en cuando me miras para comprobar si me he vuelto a ir. Algunas veces yo dejo de mirar al fuego y me dejo hipnotizar por tus labios y tus ojos.
Qué vamos a hacer, me pregunto. ¿Se puede realmente empezar una relación de esta manera? Mi corazón (y creo que el tuyo) ha decidido ignorar las dificultades. Podemos acabar muy dolidos. De momento solo me gustaría concentrarme en el calor que emana tu cuerpo junto al mío y la compañía de tus palabras, pero a veces mi mente vuelve a lo inevitable.
Me acerco más a ti y apoyo mi cabeza en tu hombro. Me rodeas con tu brazo y suspiro relajada. Tienes el don de tranquilizarme, de pensar que nada puede ir peor, de hacerme sentir como la mujer más perfecta que has conocido. Eres como una válvula de escape, que me permite descansar y dejar luchar por todo.
Tendríamos que hablar de todo esto, pero me da miedo poner todo en la mesa y que se convierta en real. Que se conviertan en reales los sentimientos que me inspiras. Sentimientos que ya no creí capaz de vivir en mi piel. Es como haber despertado de una letargia en la cual no sabía que estaba sumida.
Noto que llevamos bastante tiempo en silencio. No es que sea extraño entre nosotros. Nos gustan los silencios y los disfrutamos en compañía del otro, pero este parece diferente.
Levanto los ojos y veo tu rostro consternado, tu mirada perdida en algún monólogo interno. Siento el brazo que me rodea cargado de tensión. “¿Qué te pasa?” pregunto, separando mi cabeza de tu hombro y cogiendo delicadamente tu barbilla para girarte hacia mí y así poder mirarte.
– Vivimos lejos y no nos vamos a ver mucho. No nos estamos viendo mucho. Me invade la tristeza cuando nos separamos.
– A mí también, ya lo sabes. No me resulta fácil que estemos lejos. Pero me gustas mucho y por eso sigo queriendo conocerte.
– Léa, sabes que me gustas a mí también. Adoro el tiempo que pasamos juntos, es fantástico descubrirte. Pero se me hace cada vez más difícil decirte adiós. Es como una puñalada volver a casa después de dejarte en el aeropuerto y sentir tu olor en mi ropa y en mi cama.
– ¿Qué quieres hacer, entonces? Yo estoy dispuesta a seguir, porque lo que siento por ti es fuerte. Entiendo si no estás dispuesto a seguir sufriendo, pero yo quiero darnos la oportunidad de dejar de sufrir un día.
– El problema es que me empiezo a inclinar hacia dejar de vernos. Es demasiado para mí no poder verte más de unos días al mes y cada vez me agobia más la idea y me cuesta hablar contigo porque sigo indeciso y no quiero decir cosas de las que no estoy seguro.
– Me agobia pensar en todo esto también, Álvaro, ¿pero no crees que puedo valer la pena?
– Seguramente, pero no vamos a poder vivir en la misma ciudad hasta vete tú a saber cuándo. Mi trabajo y vida están aquí y la tuya allí. Además, tienes a la gata. Y tu trabajo no lo puedes hacer en otro sitio. Yo acabo de empezar en el mío, estoy forjando mi carrera profesional, no puedo cambiar todo por un “quizás”.
– Si eso es lo que sientes y no quieres darnos la oportunidad de ver qué podemos ser, quiero que me lleves al aeropuerto.
– Léa, no seas así. Tu vuelo es mañana por la tarde, no te tienes que ir ahora. Dormiré en el sofá si lo que no quieres es compartir la cama conmigo.
– Prefiero ir al aeropuerto ya. Cuanto antes rompamos lazos antes pasaré página.
Estoy en el aeropuerto. Tengo un café en la mano, lágrimas en los ojos y la maleta a los pies. Llevo toda la noche aquí, repasando cada instante que hemos pasado juntos, intentando ver qué ha pasado. Repitiendo en mi cabeza todo lo que nos hemos dicho, procurando ver dónde malinterpreté lo que sentías. Estoy cansada, dolida, rota. Me imaginaba un final diferente; duro, pero diferente.
Mi amiga Tania viene a recogerme. Nada mas llegar a su abrazo, rompo a llorar de nuevo. “No lo entiendo, yo estaba dispuesta a jugármela por él.” digo con un hilo de voz. Llorar siempre me deja afónica. “Es un cobarde. Hoy en día la distancia no es algo insuperable. Estáis a menos de una hora en avión.” Sé que tus palabras son ciertas, pero todavía no las voy a conseguir aceptar. “Pero yo le quiero…”
– Lo sé, nena. Lo sé. Te llevo a casa, ¿vale?
Se ve que la mañana nos alcanzó y la vida también.

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