Spiders

– ¿Qué?
– Nada, te miro.

Sonríes. Tu sonrisa me desarma. Me deja a merced de lo que quieras hacer, decir o sentir. No hay nada que hacer contra esa sonrisa excepto besarte. Estamos en tu cama. Hemos hecho el amor por tercera vez esta mañana y estamos aniquilados. Nuestros cuerpos se funden con facilidad, familiaridad e intimidad. Con pasión y fervor. Ver un esbozo de nuestras pieles es sinónimo de querer devorarnos. A veces no llegamos a la cama. A veces no llegamos ni a casa. Tus besos arrollan cualquier barrera que he ido construyendo con los años. Tus caricias alejan preocupaciones y angustias.

Desde la primera noche que compartimos ha sido así. Ha pasado casi un año desde entonces. Toda esa intensidad era natural, fluyó desde el primer minuto. Dos cuerpos desconocidos se convirtieron rápidamente en uno. Esa noche no dormimos. Han habido muchas más noches así. Seguimos descubriéndonos, sorprendiéndonos.

– Te has sonrrojado, querida.
– Ya sabes que es lo que me pasa cuando me miras así.
– Lo sé, me encanta. Me encantas.

Tus dedos se deslizan por mi pecho. Otra cosa que te encanta es acariciarme y doy gracias a los dioses que sea así. Una caricia tuya es un torrente de sensaciones indescriptibles.  Nunca dejas de hacerlo. Una vez dijiste que sería un desperdicio que mi piel no fuera acariciada. Suspiro y te beso de nuevo. Menos mal que es fin de semana y no tenemos que trabajar. En más de una ocasión hemos llegado tarde por no darnos cuenta del paso del  tiempo.

– Deberíamos de irnos por ahí – me dices, acariciándome la mejilla suavemente-. Si me dejas, me gustaría llevarte a mi casa en la montaña.
– Tengo mucho miedo las arañas, ¿hay allí?
– Es la montaña, hay arañas, sí. Pero por ti, querida, yo mato a las arañas.

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