Black box (I)

– ¿Y de verdad no sabías colocarlo tú?
– Em… sí… bueno. Es posible que quisiera verte. ¡Pero, bueno, es que apenas llego!
– O sea que querías verme… – te acercas a mí de manera sinuosa. Estás respirando pausadamente, con propósito. Tus dedos empiezan a rozar mi cadera descubierta. Sabía yo que ponerme esta camiseta era una buena idea.
– Em… sí… bueno. ¡Es que eres más alto que yo!
– ¿Y eso te gusta? – no has parado de acercarte. Huelo tu perfume mezclado con… ¿es crema solar lo que estoy detectando?

Tus dedos siguen rozando mi cadera. Bueno, más bien las yemas. Es un roce muy sutil (como todos los roces), suave, ligero, delicioso. Yo no he parado de ir hacia atrás, ligeramente asustada por la posibilidad de que estuvieras interesado.
Tu camisa blanca está perfectamente planchada y está abierta hasta el tercer botón. Ni mucho, ni poco. Lo justo para divisar tu pecho y dejar que la imaginación y el deseo hagan el resto. Tus brazos, perfectamente ceñidos por la camisa se ven fuertes pero no de una manera obvia de gimnasio, sino de atleta de toda la vida. ¿No me dijiste una vez que eras nadador? Estás afeitado, sin un atisbo de maniobra en falso. Tus ojos marrones me escrutan, cuestionándose si te correspondo, preguntándote qué pienso.

Me choco contra la pared. Se ve que he llegado al final y no hay escapatoria. Aunque empiezo a pensar que no quiero escapar.

– ¿Y bien? – preguntas. Se ve que el tiempo ha decidido seguir pasando mientras yo soñaba con tu piel.
– ¿Qué?
– ¿Te gusta que sea más alto o no?
– Em… sí… bueno. No estás mal. ¡Quiero decir! Que no está mal que seas alto, digo. – Balbucear. Sí, muy atractivo. Es así como se hace que un hombre se interese por ti: balbuceando.
– ¿Te pongo nerviosa, Paula? – preguntas, acercando tu cara a la mía, inspirando mi perfume.
– Em… sí… bueno. Sí.
– Tú a mí también.
– Pues no lo parece. Pareces muy seguro de ti mismo.
– Estoy seguro de quererte en mis brazos, no de mí mismo.

Tus labios están a la altura de los míos. Noto tu aliento menos pausado, igual sí que estás nervioso.

– Quiero besarte, Paula.
– Em… sí… bueno.

Me he puesto roja (más todavía) y desvío la mirada al suelo. Mi inseguridad siempre toma el relevo. Sobre todo ante un hombre como tú, con el que llevo soñando encuentros furtivos en el pasillo, buscando una excusa para escribirte o diciendo que me falta sal para ir a pedirte a tu piso. Un cliché, lo sé. Qué puedo decir, a veces no soy original.

– No quiero hacer algo que te incomode. Y tampoco quisiera que nuestro primer beso fuera en el rellano de nuestro portal.
– Muchas cosas interesantes ocurren en portales – empiezo a hablar rápido, con una sonrisa -. ¡Llevo años diciendo que los portales salvan o empiezan relaciones! Son testigos silenciosos de historias intempestivas e intensas, de toda clase – me callo de repente -. Perdón, estoy balbuceando…
– No estás balbuceando. Me encanta cuando hablas así. Puedes transformar algo ordinario como un portal triste en algo extraordinario y precioso como un testigo de amores pasajeros.

Me vuelvo a sonrojar (esta vez más que nunca) y desvío la mirada al suelo otra vez. Me levantas la mirada con el dedo índice en el mentón, sin forzar.

– Pequeña… perdona ¿puedo llamarte pequeña?
– Sí…
– Pequeña, no tienes nada de lo que avergonzarte. ¿No ves que me encantas? Sube a cenar a casa conmigo. Salgamos del portal que ha cumplido su propósito y vayamos a un sitio donde no haya la posibilidad de que alguien invada la intimidad de nuestro momento.
– Me encantaría.

Me coges la mano y me guías por las escaleras. No puedo parar de sonreír y mirar al suelo. En parte es porque sigo sonrojada pero también porque soy torpe y no quiero caerme. Eso sí que es atractivo, caerse por las escaleras. Llegamos a la puerta de tu piso y abres. Sin soltarme la mano me haces avanzar, dejándome pasar primero. Cierras la puerta con llave y yo no he avanzado. Es tu casa, no voy a adentrarme en ella sin más. Todavía no has soltado mi mano y ahora me estás acariciando.

– Me gustaría besarte ahora.

Te agachas para que nuestros labios estén a la misma altura. Yo me he puesto un poco de puntillas, anhelando el contacto. Tus manos se posan en mis caderas y me empujas delicadamente contra la pared. Pegas tu cuerpo al mío y noto tu calor, tu intensidad. Nunca me han besado así. Estoy completamente sumergida en el momento, perdida en las sensaciones. Me agarras los muslos y me subes para estar a tu altura. Sí que eres fuerte, sí. Nos besamos y acariciamos con una pasión incontrolable. Si todos nuestros besos van a ser así creo que físicamente no sobreviviremos.

Lentamente vas soltándome y nuestra respiración se tranquiliza. Creo que ni tú ni yo nos podemos creer la química que ha habido en ese primer beso, en ese primer momento juntos.

– Gustavo, nunca he tenido un primer beso así – digo con la respiración entrecortada.
– Yo tampoco, pequeña. Me gustaría seguir besándote.
– ¿Hay algo que te lo impida?

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