Bravery (II)

Estoy en casa. Es domingo por la mañana. Estoy sola, mis compañeros de piso se han ido a estar con sus parejas. Y yo estoy soltera, así que no tengo nada de todo eso. Estoy muy cansada e intento espabilar con un café. Me lo digo muchas veces: no puedo estar toda la noche escribiendo, pero lo sigo haciendo. De vez en cuando no puedo parar hasta que no le de al botón de publicar y a veces ni entonces.

¿Para qué? Me pregunto muchas veces. Nadie me lee. Podría poner mis secretos más íntimos que nadie los conocería.

Lo último que ha salido de mi cerebro ha sido una fantasía, una idea que se encendió con un simple gesto. Cosas banales que mi mente transforma en situaciones intensas y aventurosas. No soy tan retorcida como para forzar encuentros contigo. No sueño con tu piel y tu camisa perfectamente planchada. No creo que quieras tenerme en tus brazos o que te encante cómo hablo.

Me gusta dar vida a ideas totalmente imposibles e inconcebibles. Vale, admito que esta me gustaría que fuera real, pero no es el caso habitualmente. Lo que me gusta es soñar, hacer volar y dar voz a las cosas que pasan desapercibidas. Las cosas en las que nadie se fija. La importancia de un momento y la intensidad que puede cobrar.

Duerma mal o bien, siempre tardo en espabilarme por las mañanas. El café es lo único que tiene ese efecto. Bueno, eso no es del todo cierto. Hay otra cosa que tiene el mismo efecto.

Suena el timbre. Refunfuño. ¿Quién narices me tocaría a la puerta un domingo por la mañana? Y encima estoy en pijama, sin peinar ni duchar ni nada. Anda y que se jodan. Me verán así y punto. Sea quien sea, le pasa por llamar a estas horas.

Abro la puerta con la taza de café en la mano. Estoy a punto de pegar el típico grito de: “¿QUIÉN COÑO?” cuando veo que eres tú. Ostras.

– Em… sí… Bueno. ¿Qué haces aquí?
– Entonces sí que te hago balbucear.
– Em… sí… Bueno. Pasa, pasa. Es que me acabo de despertar.
– Ya imagino. Has publicado en el blog a las cinco de la mañana.
– ¿Cómo sabes que he publicado a esa hora?
– Paula, querida, llevo siguiendo lo que escribes desde que conozco tu nombre.
– Oh, vaya. Pues bueno, es todo ficción, eh. Ya sabes, a una se le ocurre cada cosa… Perdona, no te he preguntado si quieres algo. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café, quizás?
– Espero que no sea todo ficción. He dejado a mi novia por lo que has escrito.
– ¿¡Cómo?!

Te acercas a mí y me colocas el pelo detrás de la oreja.

– Pequeña, llevo sintiendo atracción por ti desde el primer día que te vi. Estabas saludando a un perro en la calle. Le levantaste la mano para decirle hola como si fuera un humano. Cuando te vi entrar en nuestro portal no podía creer mi suerte.
– Gustavo, yo…
– Las cosas con Sara no estaban yendo bien, pero no tenía el valor de dejarlo por la situación hipotecaria. Pero he entendido que tengo que vivir con la intensidad que describes y no estar muerto por dentro con alguien con la que solo tengo unos número en común. Paula, espero que no fuera ficción. Me encantas.
– No era ficción, Gustavo. Te deseo desde el día que te vi ir hacia tu piso y el verte hizo caerme por las escaleras. Te he deseado con fervor a cada encuentro planeado y no planeado. Te he deseado en silencio todo este tiempo por no tener valor a admitirlo.
– Seamos valientes, pequeña. La vida es demasiado corta para ser cobardes.

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