Retrovertigo

Estoy tumbada en la hamaca de nuestra terraza. La instalaste para mí cuando me pediste mudarme contigo. Mi madre opina que estamos haciendo todo muy rápido. Pero cuando sabes… sabes. Soy como mi padre en ese aspecto. Él sabía que se quería casar con mi madre desde la primera cita. Cuando te conocí por primera vez recuerdo pensar: “Ah, ya veo lo que dice mi padre”. Recuerdo también escribir a mi mejor amigo a la mañana siguiente: “He conocido a alguien muy especial”.

Me encanta tumbarme aquí mientras tú todavía trabajas un poco antes de ir a la cama los dos. A veces leo, a veces solo pienso mirando a la inmensidad del cielo. Siempre elegimos un disco para escuchar. Hoy has elegido tú.

– ¿Te has puesto melancólico? Has puesto el primer disco que escuchamos juntos – te pregunto desde la terraza.
– Puede ser, puede ser – respondes desde la cocina, con tono distraído.
– ¿Estás bien?
– Claro que sí, bicho. Solo con miles de cosas en la cabeza, ya sabes.

Sonrío. Me gusta cuando me llamas así. Siempre tienes mil cosas en la cabeza, no me preocupo hasta que no me digas que tengo que preocuparme. Me traes un cóctel. Disaronno con zumo de limón. Sabes que es mi preferido y sueles prepararme uno los fines de semana.

Te agachas para robarme un beso al pasarme el vaso y yo me dejo. Me acaricias la mejilla ligeramente mientras te levantas para marcharte a tu ordenador.

– No tardes hoy y tómate una conmigo.
– Por ti, lo que sea.

Sonrío de nuevo. Me enamoré de tu pasión por la vida. “Por ti, lo que sea” puede sonar banal, pero veo el fuego en tus ojos, nunca dices las cosas por decir. Realmente harías lo que fuera por mí.

Escucho la música y tu tecleo de fondo y me relajo. Suspiro profundamente. Nunca creí que por fin sería feliz. En todo el sentido del término. No uso la palabra con ligereza. Con todo lo que me ha pasado había renunciado a ser querida con tal fervor, a construir una vida apasionada, llena de sorpresas, emociones y simplezas cargadas de significados complejos. Me había resignado a estar sola. No me disgusta estar sola, pero creo que tal y como soy, no podía ser profundamente feliz sin ofrecer todo lo que tengo que ofrecer a otra persona.

En el cielo de nuestra ciudad no se ven las estrellas. Además, hoy está nublado. Creo que empezará a llover en un rato. Me dejo sumergir en la oscuridad del cielo sin estrellas. No hay ninguna luz encendida en la terraza, solo hay una luz ligera que viene de tu despacho. Instalé guirnaldas de luces la primera noche que te cociné en este piso y que cenamos en la terraza. Las solemos encender, pero ahora están apagadas.

Cierro los ojos y escucho la música. Me dejo completamente llevar, tal y como me enseñaste. Este disco me trae muchísimos recuerdos. Hemos vivido tanto con este disco. No es nuestro preferido, pero sí importante.

Oigo tus pasos. Menos mal, quedan dos canciones y ya empezaba a pensar que no ibas a venir a tomarte una conmigo como prometiste. Abro los ojos cuando tus dedos rozan mi brazo. Veo que has encendido las guirnaldas de luces.

– Bicho, tengo algo que decirte.

Estás arrodillado a mi lado, mirándome a los ojos con una tímida sonrisa. Qué raro, tú no eres tímido conmigo.

– Claro – digo incorporándome -. ¿Pasa algo?
– Me gustaría casarme contigo. Sé que no te quieres casar, me lo has dicho muchas veces – sacas del bolsillo un anillo de platino con un diamante negro de forma hexagonal -. Pero me gustaría saber si lo considerarías por mí.
– Por ti, lo que sea.

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