Balance

Estamos tomando un vino en tu terraza. La noche es fresca, el verano todavía no se ha ido. He puesto música con los altavoces BOSE que me regalaste para mi cumpleaños. Algo de jazz, como lo que dijiste que pondrías la primera vez que hiciéramos el amor.

La luz es tenue, casi hemos dejado que la luna sea nuestra fuente de iluminación e inspiración. Tu mano roza mi rodilla con formas circulares, a veces cambias el sentido. Si me paro a pensar y observar, lo haces cuando cambia el tempo en la música.

Estamos casi en silencio, hablando suavemente de vez en cuando pero sobre todo disfrutando del saxofón y de complicidad.

Repaso las ciudades que hemos visitado en el último año. Veo el acantilado donde me pediste mudarme a esta casa, tu casa; nuestra casa. Veo esa ciudad europea casi abandonada de turistas donde encontramos a nuestro pequeño Gibson, el que ahora está ronrroneando a nuestro lado.

Siento tus caricias en mi pelo, tus besos en mis labios y tus palabras cargadas de amor; un concepto alienígena para mí hasta que te conocí.

La música se detiene, siento un roce en el hombro derecho: tu mano posándose. La ilusión se ha roto.

No estoy en tu terraza, nuestra terraza. No me has regalado altavoces. No hemos hemos hecho el amor. No hemos viajado juntos. No hemos adoptado un gato y no me has dicho palabras de amor. Esta es nuestra segunda cita y no nuestro segundo año. Todo ha ocurrido en mi imaginación, una historia de ficción que prometía todo y más.

– Querida, ¿marchamos a otro sitio?
– ¿A dónde?

Acaricias mi mejilla, apartando el pelo y acariciándolo también.

– Hay un acantilado fuera de la ciudad que ofrece una vista preciosa, creo que mereces conocerla. Creo, de hecho, que mereces que tu piel sea acariciada todos los días, que tus labios formen una sonrisa a cada instante, que te quieran con fervor. Me gustaría mercerte de esta manera, ¿me dejas intentarlo?

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