On call

Escucho la puerta de la entrada. Qué raro, pienso. Todos estamos en casa, nos dijimos buenas noches antes de meternos a la cama. Me pregunto cuánto tiempo ha pasado desde que me metí bajo el edredón deseando que no tuvieras que trabajar esta noche.

Todo el mundo me dice que es increíble que mi pareja sea un cirujano de traumatología, que es glamuroso, que debe ser una vida muy excitante. Pero la realidad es esta: la mayoría de las veces me voy a dormir sola, en una cama grande que solo pide tener otro ocupante.

Tu trabajo me encanta. Bueno, me encanta quién eres por él; tu pasión por la medicina es, y esto siempre lo he sabido, la fuerza que te mueve. Cuando hablas de un caso particularmente complicado tienes un brillo en los ojos y una sonrisa contagiosa que hacen que todo tenga otra luz. Me gusta pensar en que cuando hablas de mí te ocurre lo mismo.

Escucho un susurro en el salón. Cuando vuelves tarde a casa siempre saludas a Diego, que te espera siempre en su sillón. Pero tú no puedes ser, hoy trabajas. Dijiste que estarías de guardia en urgencias toda la noche. Debo estar soñando. No es la primera vez que me pasa. Es como esas veces que sueñas que te despiertas, haces tu vida, las tareas del día y resulta que estabas dormido plácidamente y llegas tarde al trabajo porque no escuchaste el despertador; porque pensaste que el día ya estaba siendo.

Como no te puedo tener esta noche, decido seguir adelante con el sueño y no pensar demasiado en ello, disfrutar de tu compañía aunque sea irreal.

La puerta de nuestro cuarto se abre y escucho: “Pequeña, no te despiertes. Voy a ducharme y ahora me uno a ti”. No sé cuántas veces te he dicho que no lo hagas, que siempre me despiertas y que me dejes dormir. Pero los dos sabemos que lo que más quiero es escuchar tus palabras cuando llegas, saber que estás a mi lado de nuevo. La sonrisa que se dibuja en mi cara a cada vez es testigo de ello.

Tu ropa cae al suelo, tienes cuidado de no hacer ruido, como siempre. Pero yo siempre te escucho. En parte porque tengo el sueño ligero, pero sobre todo porque siempre estoy atenta a tu llegada. El agua sale de la ducha y si esto no fuera un sueño y pudiera controlarlo igual decidiría unirme a ti, como hago a veces.

No tardas mucho. Siempre te duchas en el hospital antes de venir pero dices que sigues teniéndolo pegado a la piel cuando sales y te gusta quitarte ese olor y sensación cuando llegas a casa.

Pronto te deslizas en la cama conmigo, debajo del edredón. Noto tu cuerpo a mi lado y tu mano acariciando lo que encuentra, en este caso mis costillas. Me encanta que pares tus dedos por el contorno de esa frase que adorna esa parte de mi anatomía. “Como lágrimas en la lluvia” no solo está escrito en mis costillas, sino también en mi corazón.

Recuerdo la primera vez que descubriste mi tatuaje. Estábamos en tu sofá, besándonos con fervor, en anticipación de lo que iba a ocurrir. Levantaste mi camiseta y viste las letras caligrafiadas. No me preguntaste por qué las tenía tatuadas ni de dónde venían, simplemente lo entendiste y besaste cada palabra como aceptándolas, entendiéndolas.

Sonrío y una parte de mí sabe que esto no es real, que estás de guardia esta noche y que no te veré hasta la cena del día siguiente. Pero otra parte de mí sabe que tampoco está mal soñar estas cosas, que son reales los días que estás en casa.

Poco a poco disminuye el ritmo de tus caricias. Te estás quedando dormido. “Te quiero, pequeña” escucho, como un susurro que necesitaba ser dicho, que necesitaba salir de tu cerebro antes de que este se quedara dormido, que necesitaba escapar tus labios por si mañana era demasiado tarde.

Yo también estoy quedándome dormida. Qué curioso quedarme dormida cuando ya estoy durmiendo, pienso, pero no le doy vueltas. Solo siento tu mano en mis costillas y tu amor envolviéndome. Me siento en total seguridad cuando estoy contigo. Soy tuya, en todos los sentidos. Y tú eres mío, en más sentidos que uno solo.

Me despierto sobresaltada. Miro el reloj. Son las seis y treinta y ocho. “Pequeña, ¿qué pasa?” escucho a mi espalda.

Me vuelvo a sobresaltar. ¿Acaso no fue un sueño?

– Vuelve a dormir, todavía no hay que despertarse.
– ¿No tenías guardia? Pensaba que había soñado que volvías.
Me miras y acaricias mi mejilla derecha, la que dices que es tu preferida porque tiene un hoyuelo y la otra no.
– Conseguí cambiarla. Quería despertarme contigo en nuestro sexto aniversario.
– Pensaba que dijimos que no le daríamos importancia a esta fecha.
– Toda fecha contigo es importante – dijiste acercando mi cuerpo al tuyo. Todos los días me maravilla el poder acariciar tu piel suave, besar tus dulces labios y hacerte el amor con la experiencia de conocerte y sin embargo sentirlo como si fuera el primer día.

No sueles hacer estas grandes declaraciones de amor, no sé cómo reaccionar. Me sonrrojo y no digo nada. Creo que estoy viendo ese brillo en tus ojos. Definitivamente me has contagiado tu sonrisa.

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