Again

– Sabía que vendrías.
Te miro de abajo a arriba, con los brazos cruzados. Estoy molesta y no pienso escondértelo.
– Te pensarías que no iba a venir al concierto solo porque me dejaste de hablar, ¿por si me cruzaba contigo? ¿Que hubiese venido contigo como dijimos? Claro. ¿Esperar a que espabiles? No.
– Ya sé que me comporté mal, querida. He venido para arreglar las cosas.
Sigo con los brazos cruzados.
– No hay nada que arreglar. No dio tiempo a construir algo que ya lo habías roto.
– Por favor, no seas así. No llevé bien la situación y me alejé de ti, lo sé. Pero he venido a darte explicaciones.
– No me debes explicaciones; no me debes nada. Apenas nos conocemos.
– Quiero dártelas.
– ¿Por qué?
– Porque te las mereces.
– Me merecía que no desaparecieras.
– Eso también. Pero estoy aquí ahora.
– No hay absolutamente nada que me garantice que no vayas a hacerme lo mismo.
– Es cierto, solo mi palabra.

Sigo con los brazos cruzados y no digo nada más allá de una onomatopeya que profesa desconfianza. Te acercas tentativamente y con cuidado y delicadeza el dorso de tu mano acaricia mi antebrazo, creando un contacto que no estoy del todo dispuesta a aceptar de momento pero que tampoco consigo rechazar.

– ¿Sabes? – te digo, notando cómo el enfado se va agotando, reemplazado por la tristeza -. Te traje un regalo de mi viaje a Bilbao. Encontré una tienda de discos perdida en las callejuelas de la ciudad. Entré como por curiosidad, para seguir perdiéndome y por si encontraba ese CD de Los Piratas que sabes que siempre busco. No lo encontré, pero sí que vi un vinilo para ti. Y, como una idiota, te lo compré. Ni siquiera pude dártelo. Está en mi armario, no sabiendo muy bien su razón de existir.

Sacas de tu mochila un CD. El CD. El que llevo buscando años.
– ¿Este CD? – no puedes evitar una ligera sonrisa picarona.
Te lo quito de las manos, perdiendo los modales por un instante.
– Qué cabrón, ¿dónde lo encontraste?
Examino el CD con una cara de sorpresa estúpida, maravillándome con el buen estado en el que está.
– Uy, perdona. Toma.
– En aquella tienda que te llevé en nuestra segunda cita. Siempre que he ido lo he buscado. Toma. Es para ti.
Mi mano está tendida, agarrando una parte del disco y tú la otra, unidos de esta manera por algo más que solo plástico.
– No lo puedo aceptar.

Empujo ligeramente el regalo hacia ti. Sesgando la conexión. Estoy triste. No por no poder aceptar, sino por lo que pudo ser. Muchas noches me he quedado en mi balcón, cerrando el libro por no poder concentrarme más y encontrarme pensando en ti, preguntándome tantas veces qué hice mal, imaginándome que volvías.

Me coges la mano y la acaricias, poniendo el CD en ella. Tu otra mano toca mi cuello, con la osadía y exquisitez de todas tus caricias.

– Por favor, acéptalo junto a mis disculpas. Te doy mi palabra.

Te estás acercando peligrosamente a mis labios y yo no tengo fuerzas para resistir. En toda honestidad, no he querido resistirme desde que me tocaste el antebrazo; siempre deseé que volvieras.

– Te doy mi palabra – repites a escasos centímetros-, te doy mi palabra – vuelves a decir, sabiendo que quien tiene que dar el último y pequeño paso soy yo-. Te doy mi palabra – concluyes, sin soltar mi mano y todavía acariciando mi cuello.

Me acerco esos últimos centímetros y decido perdonarte, sellándolo con un beso.

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