Balcony

Una puta pandemia para que tú y yo nos conociésemos viviendo en el puto mismo edificio. Hizo falta una pandemia y la solidaridad española en forma de aplausos en los balcones para que tú y yo nos viésemos por fin. Y encima mi lado izquierdo no es el mejor.

Llevo mucho tiempo sola. Vivo en esta casa sola desde hace cuatro años y antes de eso estaba en la soledad de los pisos compartidos. Estoy bien sola, siempre he sabido estar sola y siempre he estado a gusto sola. He tenido historias, claro. Unas más importantes, pero casi todas insignificantes. Pronto aprendí que ese gran amor con el que se sueña nunca llega. O igual soy yo misma. No lo sé.

La primera vez que te vi fue la segunda noche que salimos a aplaudir. Nuestras miradas y palmadas se cruzaron e, instintivamente, nos refugiamos en nuestras casas y cabezas.

Al día siguiente nos volvimos a ver y esta vez nos permitimos un ligero asentamiento de cabeza que decía “registro tu existencia”.

Cuarto día y yo me arreglé el pelo para salir al balcón. Me sentí estúpida hasta que vi que tú te habías puesto una camisa y me gustó pensar que era por mí. Esta vez intercambiamos unos tímidos saludos acompañados por una sonrisa. La cual resultó ser preciosa.

Pasaron los días y empezamos a intercambiar palabras e historias. Intercambiamos números de teléfono también y pronto no había quien nos callara. Seguíamos saliendo al balcón a aplaudir, sí, pero salíamos también a vernos, a conocernos.

A los ocho días de empezar con los aplausos, séptimo desde que te vi, me propusiste saltarnos las reglas y cenar en tu casa. Me lo propusiste a través del balcón, haciéndome llegar una carta; estirándote tanto que pensé que te caías. Te dije que sí y en media hora estaba tocándote a la puerta. Muy suavemente, sabíamos muy bien lo maruja que es la del E.

En la puerta vi a un hombre tímido pero atrevido. Tú no sé qué viste. Solo sé que esa preciosa sonrisa te llegó hasta los ojos. Los cuales resultaron ser azules.

Cenamos y bebimos. Reímos y vivimos.

Al cabo de unas horas de sobremesa que se había convertido en copas en tu sofá turquesa (mi color preferido, joder), nos despedimos. Ambos teníamos que trabajar al día siguiente. Y aunque ahora el trabajo se había convertido en teletrabajo y no había que madrugar tanto, no significaba que teníamos el lujo de no dormir.

Nos costó despedirnos y hubo un intento de beso que no fraguó y que se quedó en una leve y deliciosa caricia en mi mejilla. Entré en mi piso donde había dejado el móvil, y al ir a poner las alarmas vi un mensaje tuyo: “Te veo en el balcón mañana. Que tengas dulces sueños.”. Nunca se me había deseado eso antes.

No sé cómo conseguí dormir. Repasé en mi cabeza cada detalle, cada gesto, cada palabra. Me costaba creer que había hecho falta una puta pandemia para que yo conociese al amor de mi vida. El cual resulta que sí que llega.

Desde aquella noche que nos conocimos, digamos, en cuanto terminábamos de trabajar nos veíamos. O iba yo o venías tú. No podíamos salir en realidad, pero nos arriesgábamos, justificando que lo único que hacíamos era cambiar de piso.

Jamás hubiera pensado que 17 días más tarde estaríamos en mi cama, convertida en nuestra de momento. Hicieron falta circunstancias excepcionales y un estado de alarma para que tú y yo econtrásemos el camino y acabásemos en los brazos del otro. Quedaría bien decir que ojalá nos hubiésemos conocido antes y en otras circunstancias, pero lo cierto es que las cosas pasan de una manera y por ciertas razones. Quién soy yo para discutirlas.

Nos estamos quedando dormidos y no pienso en nada. Solo importa que nuestros cuerpos estén unidos de la manera más completa posible. Te escucho susurrar un “te quiero” y te contesto con un “yo también”.

Una puta pandemia. La cual resultó dar lugar a nuestra historia.

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